sábado, 4 de junio de 2011
Cuenta hasta cinco.
Primero me besarás el párpado izquierdo. Después, el derecho. Te detendrás unos segundos en la punta de mi nariz y luego bajarás un poco hasta el hoyuelo que hay justo encima del labio superior. Allí también me dejarás un beso. Ahora tendrás que hacerme sonreír, no sé, dime algo bonito. Bésame en cada comisura muy despacito. Un último en la barbilla. Ya está.
viernes, 3 de junio de 2011
Les amours mortes n'en finissent pas de mourir.
Si me preguntas te diré que sí, que todavía. Te diré que hoy, a pesar de haber visto al chico de rock en la barbilla estudiando en la biblioteca, he sentido que incluso dejarte de querer sería quererte demasiado. Te diré que ahora mismo tengo muchas ganas de reír y muchas ganas de llorar, que si estuvieses cerca podría intentar matarte.
Me gustaría tanto que me dijeras lo siento, no puedo amarte.
Me gustaría tanto que me dijeras lo siento, no puedo amarte.
jueves, 2 de junio de 2011
De cuando creía que besarse era sinónimo de besarse.
Corría, enano, detrás de mí por el patio del colegio y me daba tímidos besos en la mejilla. Años después volvió con ojos de cielo y el pelo claro. Decía que me quería mientras me besaba los labios. Mi adolescencia fueron tres veranos a su lado, queriéndole mucho algunas veces y algunas más queriéndole querer. Durante los inviernos caminaba con las manos en los bolsillos, las pestañas negras, las cejas negras, las pupilas negras, la boca muda. Al otro lado del océano, unos nuevos ojos azules consiguieron que me muriera por un beso que apestaba a alcohol, tan breve que tuve que pagar por él una eternidad. Cuando el pelo aún me olía a olas de mar, llegó de sorpresa un beso en la frente, tan pequeño y tan frágil que su recuerdo siempre me hace sonreir. Siempre desde el otro lado de cualquier sitio me hizo temblar el único chico que podría decirme que me parezco a la palabra melancolía.
El ahora lo contaré cuando pase a ser parte del mismo ayer que los otros.
Quizá nunca.
El ahora lo contaré cuando pase a ser parte del mismo ayer que los otros.
Quizá nunca.
Chucherías.
El hombre de tu vida nunca viajará en la misma línea de autobús que tú. Ni se sentará enfrente de ti a estudiar en la biblioteca. Lo más probable es que no se choque contigo en la calle y te tire los libros que llevas apretados contra el pecho. Tampoco se sentará a tu lado en un banco del parque para preguntarte por el título de lo que estás leyendo. El hombre de tu vida no será un made in Hollywood. No será un pintor o un poeta frustrado. No tendrá cicatrices en la mejilla. Y lo peor de todo, no sonreirá de lado.
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