miércoles, 9 de junio de 2010

Los pulmones de Mario podían pasar perfectamente por dos carbones arrugados y henchidos de aire.
El cigarro perenne se había convertido en un miembro más de su cuerpo, y su aliento, que se escapaba entre hileras de dientes amarillos, había adquirido una tonalidad gris plateada.
Solo Carlota hubiese podido conseguir que Mario dejará de matarse, y es que él fumaba porque tenía prisa por morir.

Prisa por morir porque sabía que la vida sin Carlota se le iba a hacer demasiado larga, y ante todo quería evitar conocer al aburrimiento. Su corazón aún era alegre y el no quería verlo hastiado.
Carlota tenía una salud de hierro, practicaba natación y equitación, llevaba una dieta equilibrada y tenía sesiones de masajes semanales.
Tenía los pulmones intactos, cierto, pero tenía un corazón enfermo que vomitaba cada vez que veía como los dientes amarillos de Mario se asomaban entre las comisuras de su boca para regalarle una sonrisa que camuflaba una petición de socorro.

2 comentarios:

  1. Me encanta la combinación entre vulgaridad/normalidad y sensibilidad/romanticismo literario ;)

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